The hardest button to button

miércoles, octubre 14

Mark Strand

If a man finishes a poem,
he shall bathe in the blank wake of his passion
and be kissed by white paper.



llueve.
get wet.

jueves, septiembre 10

Dorinha

Un micrófono a la altura de las rodillas, un acordeón debajo del agua y veintisiete teclas de piano apiladas por color en una caja vieja de dominó.

El aire de una tarde amarilla no llega al naranja esperado, pero permanece de pie, colándose por entre las persianas de las puertas.

Un café aún atascado de humo calienta las manos, y los granos de azucar derramados como caspa dulce dibujan un pequeño cielo sobre la mesa metálica.

- Le puedo hacer compañía? prometo hacer silencio.
- Supongo que si, pero no haga promesas que no pueda cumplir. Está por llover.

viernes, febrero 6

writing

Era un día diferente como mínimo. La rutina de cada mañana se había completado con alguno que otro cambio minúsculo, como el tamaño del jabón en la ducha, la cantidad de champú en el frasco, la toalla que se parece cada vez más a una lija, o las sábanas nuevas y limpias de la cama.

Era el día de saltar.

Sin dormir particularmente bien la noche anterior, sólo quedaba esperar que los músculos encargados del impulso no dudaran en el último momento, dejándome colgando del borde con las yemas de los dedos. Esperé el momento adecuado, salí a la calle, me escondí tras una camiseta negra y unos lentes oscuros que hacían las veces de antifaz, apreté los labios y caminé despacio. Adentro llevaba el saldo de mil momentos previos con la punta de los ojos clavados en el precipicio. Inmóvil.

He saltado antes. Tengo unos cuantos huesos rotos y las rodillas las tengo de adorno. Lo que se mueve ahora es la tripa arremolinada y estrecha que me grita: salta!

En esos días me acomodo en la silla con los pies cruzados a la altura de los tobillos. Veo esa laguna blanca y perfectamente rectangular que persiste en su vacío encima del escritorio. Una pluma azul refleja la lámpara a mi izquierda y me encandila. Esta quieta pero parece ronronear, allí, encima de la hoja.

Y no es como si no quisiera reventar mis dedos y arrancar en un impulso mortal hacia el vacío de esa hoja blanca que medio se mueve mientras la miro; no es como si no tuviera atragantadas entre la yugular y la ingle letras atropelladas a punto de reventarme los intestinos.

Sólo que es tan difícil saltar.

Pero hoy es distinto. Es un día como cualquier otro, y aún así las letras se me acomodan formando palabras en el hígado y rebotan contra la pared estomacal. Siento la náusea. Y es entonces cuando me levanto, me baño con dos centímetros cúbicos menos de jabón, me seco con una toalla cada vez más áspera, cambio el tendido de mi cama y me siento de nuevo en esta silla de oficina con la punta de los dedos del pie al borde del precipicio.

Y salto.

Y no paro de caer con la pluma entre mis dedos, dejando olas en toda la superficie de la laguna blanca.

jueves, octubre 2

Salís de tu casa por Arenales...

El estado del tiempo. Ahora sé que la real nostalgia, la única permisible, es aquella que crece donde nunca se caminó, en la acera de una calle rota por donde jamás se transitó.

Lo demás, con kilogramos de arrepentimiento, es vano, inútil.
Se hace vano ir muriendo al ritmo de días que se han escapado. Se hace natural mojarse y dejar que la ropa se seque con el calor del día.

Es ahora. Te vas muriendo. Y no es lento.
Quiérelo todo. Mucho no es suficiente.

domingo, junio 1

La prudencia hace verdaderos sabios, diría algun verso religioso perdido en la memoria. La prudencia es señal de posibles cobardes, oiría más tarde en algún grafiti urbano.

Ojos cerrados en medio del negro, y me doy cuenta que no hay que sacar la mano y devolverla dentro mojada para saber que llueve. Basta la orquesta de agujas golpeando las ventanas o las tejas.

Hoy solo hay que dejarse caer, mascullar nubes de humo entre los dientes y sentir el agua en la cara. Se hace más fácil caer con el sabor a sal en la boca, con el caramelo dulce de una sopa de letras resuelta.

jueves, abril 24

Playa nevada

Ella suele esconder los cordones dentro de sus zapatos, sin atarlos. Dicen que camina como flotando.
Él tiene dos pares de zapatos; unas botas café, y unos tenis color verde de cordones naranja. Ambos están gastados en el talón; casi a la par el asfalto ha roído sus cauchos. Dicen que no sabe caminar.

Ella quisiera ser un gato. Tuvo uno cuando era pequeña.
Él practica sin éxito la técnica del aullido. Tiene un perro.

A ella le encanta el frío, en especial si hay lluvia involucrada.
Él sueña con vivir cerca al mar.

Ella no cree en (casi) nadie.
Él quisiera creer en él mismo.

Ella toma té y fuma en ocasiones.
Él no podría despertar sin un café a la mañana, y sus dedos son amarillos.

Ella suele llorar al amanecer.
A Él le gustan los amaneceres que hacen llorar. Aún espera uno.

Ella pide que la esperen, aún hasta la muerte.
Él mataría por acabar la espera.


viernes, abril 11

De que se trata entonces el tacto, si no es de un intercambio de fuerzas mínimas aplicadas.

De que se trata el deseo, si no es del vacío que habla en letras cursivas.

Habitamos un mismo techo, que no es ni techo ni habitación. Vivimos como cápsulas de carne adheridos al suelo, respirando el mismo aire, estando a distancias kilométricas; y, aunque este aire tóxico nos devuelva el deseo y ansia de ser tocado, de quebrarnos las horas con gotas de agua, se hace inevitable un tacto resultado de terribles colisiones.

A M. Porque a veces me pierdo y confundo los modos. Y se me olvida de que están hechas algunas palabras.